Este epílogo me despide de sentimientos entrelazados, me da el finiquito de las caricias robadas sin reconocerme el derecho a lo vivido y me deja plantado en la estación de Atocha como si me hubiera creado Eduardo Úrculo derrochando lágrimas que guardo para la mar.
Este epílogo lo brindo a los violines en el cielo de Yõjirõ Takita desde mi cuarentena en Cape Liberty mientras recojo la espuma de las olas en retroceso.
Este epílogo es tu pañuelo, del mármol definitivo de Jorge Luis Borges, agitado viéndome marchar, una vez más, mientras me alejo de la estación en un tren de incienso y aceite de unción santo.
Este epílogo ha extraviado su tarjeta de móvil con tu número, dirección y la foto del reloj parado que te tatuaste donde no se puede ni debe explicar pero adentro, muy adentro.
Este epílogo abandona esta habitación de alabastro calizo del hotel con aroma a ungüento de mirra y sella el guión de otra vida con su cierre de emisión.
Este epílogo no es más que otra despedida.
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