Los viajeros solemos tener los hogares más variopintos ubicados en los lugares más dispersos. En mi caso, encuentro un hogar en los trenes, con sus estrechos y alargados salones sociales, con sus televisores multiplicados, sus radios sin emisora, sus baños para equilibristas, sus caros bares-restaurantes, sus camas,…
Siempre me pareció poética esa manera de recorrer el planeta, contoneándose a través de sus venas de hierro artificiales, implantadas por la humanidad, para desarrollar la comunicación, cuyo origen tienen su origen en las minas europeas del siglo XVI.
Luego están sus estaciones que, aunque no son más que otro redil para viajeros, combina y relaciona a personas que, quizás, no tienen otra cosa que ver entre sí; las que van con las que vienen; las que despiden con las que reciben; y aquellas que siempre parece que nos quedamos o estamos ahí.
Ese atractivo lo hallo, principalmente, para quienes hallamos un punto de partida, nunca de llegada; un punto de encuentro, no de distribución o abandono; un bagaje de gente desconocida que llena sus bolsillos vacíos de amistades eternas y vacía sus zapatos de chinas prejuiciosas con lo diferente.
Por eso, esta balada no cuenta el secreto que guardamos quienes viajamos como equilibrio contra la rutina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario