Habíamos planeado que, al convivir, se multiplicaría la inspiración y colgaríamos las fotos de nuestras musas en cuadros, con marcos de madera quemada, esparcidos por las paredes del salón.
Habíamos quedado en que mis guitarras y las tuyas no se pelearían por un hueco, una nota subida de tono o no saber encontrar un sol sostenido mayor.
Pero fue firmar el acuerdo y aparecer la hipoteca, el vecino y la vecina, la madre o el padre de alguno de los dos, los bemoles,…, joderse el hechizo y arrojarnos con desprecio la canción del odio que no supimos escribirnos a la cara.
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