martes, 21 de febrero de 2017

La despedida

Este epílogo me despide de sentimientos entrelazados, me da el finiquito de las caricias robadas sin reconocerme el derecho a lo vivido y me deja plantado en la estación de Atocha como si me hubiera creado Eduardo Úrculo derrochando lágrimas que guardo para la mar.

Este epílogo lo brindo a los violines en el cielo de Yõjirõ Takita desde mi cuarentena en Cape Liberty mientras recojo la espuma de las olas en retroceso.

Este epílogo es tu pañuelo, del mármol definitivo de Jorge Luis Borges, agitado viéndome marchar, una vez más, mientras me alejo de la estación en un tren de incienso y aceite de unción santo.

Este epílogo ha extraviado su tarjeta de móvil con tu número, dirección y la foto del reloj parado que te tatuaste donde no se puede ni debe explicar pero adentro, muy adentro.

Este epílogo abandona esta habitación de alabastro calizo del hotel con aroma a ungüento de mirra y sella el guión de otra vida con su cierre de emisión.

Este epílogo no es más que otra despedida.

Igual para un roto que para un descosido

He de procurar soportar el peso de tus palabras sobre mi conciencia en el mismo punto, infinitamente escueto e imposible para el equilibrio, en el que no soy vulnerable de tu opinión. Como sujetar una gota de agua sobre la punta de la aguja que encontré en un pajar después de dar contigo.

Y mientras, tú estás tranquila a sabiendas de que terminaré pasando por el estrecho ojo cuando tú quieras para zurcirte cualquier otro descosido.

Mejor sin ti

Cómo pintar el viento que acaricia tu pelo sin arder en los deseos de quemar las imágenes a semejanza de las banderas.

Cómo arrancarme de cuajo por ti el corazón sin blasones ni heráldicas que confundan su naturaleza.

Cómo deleitar mi sistema auditivo escuchando tu voz o repitiendo tu nombre sin que se confunda con las notas que ensucian la música mediante himnos.

Cómo temblar cuando tus labios rozan los míos sin que se quiebre la magia del momento por no existir los milagros.

Cómo explicarte la satisfacción de estar sin ti, de no tener que soportar tanta carga, cuando cuentas con tantos adeptos.

Romper hechizos

Habíamos planeado que, al convivir, se multiplicaría la inspiración y colgaríamos las fotos de nuestras musas en cuadros, con marcos de madera quemada, esparcidos por las paredes del salón.

Habíamos quedado en que mis guitarras y las tuyas no se pelearían por un hueco, una nota subida de tono o no saber encontrar un sol sostenido mayor.

Pero fue firmar el acuerdo y aparecer la hipoteca, el vecino y la vecina, la madre o el padre de alguno de los dos, los bemoles,…, joderse el hechizo y arrojarnos con desprecio la canción del odio que no supimos escribirnos a la cara.

Nota para incrédulos

No existe ni ha existido jamás dios alguno. La tecnología, la ciencia, la ingeniería,… tal vez dispongan uno de verdad para el futuro. El único “pero” será ver quién dispone el manejo de los hilos y los criterios.

Sería muy fácil persistir en la idea de que el dinero es el dios que impera sobre todo lo demás y no sería una afirmación vana ni, me temo, demagógica. Pero prefiero, quiero, necesito pensar que sobre el bastión de la humanidad reposa un sentimiento de afinidad entre las especies que descansa sobre unos cimientos de conciencia y no que sean una trinchera para cuatro nostálgicos donde la cordura se defiende de la avaricia insensata.

En fin, la razón por la que hay escritores, introspectivas aparte, es por la carencia de destinos escritos.

Y digo bien, es una nota para incrédulos, para los que aún no creen que esto es así. Incrédulos son los que creen en algo equivocado, pese a lo que digan los académicos de las lenguas.

Jugando a los destinos

Jugando a los destinos me perdí en el abismo de mis propósitos mientras descendía por el tobogán de un sucio arco iris prendido de un mástil.

La casa de los empeños me sobrevaloró, todo hay que decirlo, y me cotizó más alto que mi virtud. El cambalache fue por una soga donde se ha secado el gris destino antes que la ceniza.

A la viuda de los gatos ya nadie la recuerda por sus méritos como docente. En su medalla restañada tan sólo reluce alguna que otra mella.

Cuando el hámster escapó de aquella jaula con la noria blanquinegra vectorial todo se convirtió en un círculo vicioso.

Mi prosa no es más que el vómito ensangrentado de mis versos.

¿Has visto mi sombra? No, no hay sombras lo suficientemente oscuras que sean capaces de pensarme.

Si preguntas, cada uno tiene su paleta para el pasado: Unos pintan sombras, otros usan tonos encarnizados, algunos buscan la pureza,… incluso los hay que no se atreven a usar sus propios pinceles.

Sólo quise hacer un ensayo teológico pero me faltaron pruebas.

Arrabal de la mente

Tomé la determinación de tratar de comprender todo cuanto me rodeaba al sentirme tan desahuciado del sentimiento común de mis congéneres. Había llegado un momento en que no sentía ninguna afinidad con la sociedad en la que me escondía, de la que me escondía.

Paso a paso, traté de desobjetivizar mi conducta y razonamientos para tratar de curar esta misantropía repentina.

Subí a la cima del Everest y me sumergí hasta el abismo Challenguer, en la fosa de las Marianas. Estrené mi chupa de cuero sobre un jersey de lana que me regalaron en San Luis Río Colorado el 6 de julio de 1966 e hice autostop en top less en la base Vostok de la Antártida el 21 de julio de 1983. Aprecié la sinuosa sonrisa de los ríos y el enojo de la luna eclipsada. Compuse las notas quebradas para la melodía del viento y el ritmo perdido de las gotas originarias de la lluvia.

La única conclusión que saqué fue que había que desandar, retroceder, pues se me antojó lo más progresista –yo que me lo creo- puesto a encararme con los espejos de la vida y, mientras mis congéneres se descuidaban con el ruido de unas monedas que caían al suelo, me introduje en la infinidad de una gota de agua que estaba de paso.

Fronteras

Las fronteras son las heridas que se ha infligido la humanidad en un claro alarde de incomprensión de la naturaleza. Son las fracturas del ser humano.

Las fronteras son el reflejo del miedo a lo desconocido; cercas simbolizando la estima de los semejantes –¿o ajenos?- y su complejo pastoril; mentiras subrayadas con un fosforescente que no deja huella en la realidad, sólo en la idiotez humana; mojones con forma de su término en andaluz.

Las distancias son mayores a través de las aduanas para un viento sin pasaporte que desvía el surco de las lágrimas de un pasado derrochado en manos de quienes se disputaron el poder de la ignorancia.

Saharauis, sefarditas, hebreos,… homos erectus.

Algún día, la órbita terrestre volverá a cambiar y el Siroco, que no entiende de líneas imaginarias pero tiene que saltar vallas o renovar su permiso de trabajo y actualizar su pasaporte, levantará un muro para evitar que pasen (sin dinero, of course) la Tramontana, el Mistral, el Gregorio y demás vientos que hoy nos despeinan.

Las fronteras son la moneda de cambio de la estupidez.

Banderas y otras idiotologías

Icemos banderas de fuego para que no sea delito quemar un trapo ensuciado con colores.

Rompamos las reglas del juego para que podamos jugar todos.

Borremos los husos horarios para que madrugar sea tan sólo una cuestión semántica.

Rotemos nuestros puntos de visión para encontrar un equilibrio entre norte y sur.

Crucemos las líneas divisorias para convertirlas en curvas multiplicadoras.

Barnicemos nuestras pieles con agua del Hartsrivier para sanar la deficiencia mental de los daltónicos raciales.

O nos dejáis jugar o sos rompemos la baraja[1].





[1] De Roberto Iniesta en “Islero, chirlero o ladrón”. Historias prohibidas.

Encierros

Un día, o quizás fue de noche, decidió cerrar a cal y canto la pequeña vivienda en que residía.

En los noticiarios salió como algo anecdótico pero tergiversaron la realidad de sus intenciones. Dijeron que se había encerrado en protesta de “no sé qué”, porque no estaba conforme con “no sé cuantos” y lo tildaron poco menos que de enajenado mental por sus actos. Usaban, eso sí, el participio irregular “supuesto”.

Lo que no se contó por la ignorancia y oportunismo de los medios es que no se encerró él, como afirmaban.

Ese buen día, o noche, decidió cerrar al mundo.

A prueba de fe

Sois más inteligentes que yo porque debéis de saber que es más fácil sostener la cordura responsabilizando a un ser superior, por muy humillante que eso pueda sonar. Una humillación que no se siente al estar amparado en una fe bajo el que se cobija la mayoría.

Sois más inteligentes que yo, esa mayoría, porque pensáis que habéis desempeñado una labor antes que la que estáis viviendo y creéis que la vais a seguir desempeñando allende esta vida.

Sois más inteligentes que yo porque os habéis creído a pie juntillas todas las enseñanzas que os han dado desde la mafia del mercado negro del corazón espinado sin plantearos la posibilidad de espiar vuestras culpas con la responsabilidad adecuada, en lugar de tratar de hacerlo con una confesión.

Sois más inteligentes que yo porque vuestra conciencia descansa después de rezar.

Sois más inteligentes que yo porque no tenéis ni puta idea.

Vida

Suspirar los “chopines”, los “vangogues”, las maltas, tu cuerpo, tu pubis.

Expirar los “bacalaos”, los “kafkas”, los ricinos, tu tumor, tu “malalengua”.

Suspirar como si en ello consistiera verdaderamente vivir.

Expirar como si con ello se pudieran vomitar todos los antónimos de la vida.

La vida debería ser, además, la materia primordial en todo centro de enseñanza y no tanta exaltación nacionalista de propiedades, tanta fe en las mentiras y tantas fechas concretas de fallecimientos o asesinatos. ¡Vida!.

Todo y nada a un chasquido de dedos.

Una vez que se adquiere conciencia plena de su significado, sin la estigmatización que le dan ciertas religiones (déjalo todo para otra vida ¿sabes?) se entiende del respeto, de la entrega, de la emoción,… pero continua, no parcial.

Vida. Agua. Ser. Naturaleza…

Ese brillo de ojos que usas cuando miras a tu hija, ese contoneo zigzagueante de carcajadas en el cielo de tu boca, ese ronroneo que te susurra el gato bajo la manta, ese primer “papá”, ese verso que es el colofón en el poema de un amigo, ese levantarse por la mañana sabiendo que lo único que tienes que hacer es vivir…

Con tantos suspiros concentrados necesito un cigarro.

El sentido

La cordura juega malas pasadas, sobre todo cuando se quiere convertir un sueño en instinto. La locura, en cambio, es fiel al sentido subdesarrollado de la ilusión.

Siento la escasez de sentidos. No me basta con ver que te traicionas, respirar el azufre de tu pasión desencadenada, trazar el vértigo de las cicatrices de tu pasado apagadas en tus brazos con mis callos de tanto socavar deseos, degustar la enésima derrota o escucharte negármelo todo de nuevo.

Necesito intuir otro pasado o ser capaz de mentirle, otra vez, al maldito corazón pero ya no hay crédito. Demasiadas personas mueren fuera de mi cuerpo por míseras razones.

Esta enajenación es permanente, como la parálisis que sufro en ciertos músculos sentimentales. Y todo porque no he sabido sentir a tiempo.

Sigo a lo mío sin escucharte y no veo venir la indigestión que me producirá tu nauseabunda derrota esparciendo sobre mí tus cenizas.

No me dueles, no. Ya no, y claro está, no puedo sentirlo.

Del fin... y otros mamíferos

I

-Defínete –me dijo-.
-¡Hay que ver qué obsesión con tanto existencialismo!
-A veces, eres insoportable.


II

-Defínete –me inquirió, mientras nuestras manos se soltaban-.
-No soy el que piensas.
-No creas que pienso tanto en ti.


III

-Defínete –me susurró cuando me incorporé de la cama-
-Deberías tener ya tu criterio. Me voy.


IV

-Defínete –me espetó, mientras buscaba mi muda entre la ropa revuelta por el suelo-
Espero que el silencio le bastara como argumento y confirmara sus sospechas.


V

-Defínete –me solicitó, mientras me abotonaba el pantalón-.
Dirigí mi mirada hacia el lugar en que mis manos estaban ocupadas.
-¡Ah –suspiró-, sólo eso!.


VI

-Defínete –me retó, mientras me atusaba el pelo frente al espejo-.
Apenas pude sostener mi mirada frente al espejo.


VII

-Defínete –me imploró mientras revisaba mis bolsillos antes de salir-.
-Es tarde.


VIII

-Defínete –me pidió, mientras me acompañaba hasta la puerta-.
-Me gusta caminar porque al final del paseo tengo los pulmones más abiertos y puedo fumar más –respondí a modo de insinuación-.
-¿Tiene eso algo que ver con nosotros?
-Eres muy inteligente.


IX

-Defínete -me dijo con ronca voz, al ver que me disponía a marcharme-.
-No es momento –le contesté-.
-Quizá no vuelvas ¿verdad?
-Por eso.


X. El fin

Al llegar a la calle miré hacia su ventana pero no la vi asomarse.

La dichosa y jodida mente

La mente, la dichosa y jodida mente.

Es curioso cómo lo que distingue principalmente al ser humano del resto de seres vivos es su talón de Aquiles. O, quizás, por eso.

Bailar sobre la cuerda floja durante toda una existencia. De repente, una brisa, un nimio detalle fuera de los cálculos y ¡pum, a tomar por el culo todo! Se deshilacha toda la madeja que has estado creando.

El entendimiento, la capacidad de comunicación con nuestros semejantes, el relativo razonamiento, la capacidad motriz,… ¡Da vértigo que todo esto penda de un hilo!

Una ruptura, una pérdida, un obstáculo, un gen o un exceso de uso, y no parece haber matemática que lo explique. ¿Qué diferencia hay entre sumar “dos más dos” y superar una crisis? Igual todo sería más fácil con otra clase de educación y conciencia. Igual no. No me parece más racional dejarlo todo en manos de fantásticas deidades.

Quién sabe si este escueto texto no hará tambalearse más la cuerda sobre la que bailo.

El ego de una conclusión

No sé si quiero escribirle unas palabras pasado tanto tiempo. Años han transcurrido desde la última vez que supe algo de ella, supongo que igual ella sobre mí.

Confesar lo que significó me resulta ridículo después de cómo me vi obligado a distanciarme de ella, pero no puedo negar esa parte de mi historia. Además, no he de olvidar jamás todo lo que aprendí a su lado, me mejoró como persona, me enseñó a concienciar mi conciencia, valga la redundancia. Obviamente, no osaré valorar lo que pudo aprender de mí o no.

Yo no aprendí más, fundamentalmente, por tres razones: Siempre he sido demasiado terco, aunque ese es uno de los caracteres que más me apaciguó; nunca tuvimos el viento a favor; y no supimos manejar “nuestra” situación.

No, no la echo de menos, aunque el abordaje de estas palabras puedan parecerlo. Quizá porque me he dado cuenta de ello es por lo que he querido escribirlo, para ver qué resulta y seguir aprendiéndome.

Recuerdo que aprendí también a valorar más lo que ves que lo que sueñas. Sé que muchos confirmarán que es importante soñar, y no se equivocan, pero para poder soñar has de saber desde donde lo haces. Saber que el horizonte siempre se divisa desde algún lugar. No sé si me explico muy bien pero yo lo entendí a la perfección.

Fueron experiencias en sí, escapadas en la mayoría de los casos. En ningún momento nos sentamos el uno frente al otro para darnos lecciones. Nos comportamos como dos adolescentes que ya no éramos tratando de absorberlo todo, ella de mí y yo de ella. Bueno, salvo en los idiomas. Ella era buena en eso, me encantaba cómo susurraba en francés, especialmente, o me repetía palabras sin desesperarse en fabla aragonesa pero salvo eso todo se basaba en escaparnos de las circunstancias ajenas y reír, reír juntos y mucho.

Podría describirla físicamente y describirla con los ojos de entonces aún. Reconozco que, en eso, me volvía loco. Pero no lo haré, no lo necesito, como tampoco nombrarla.

No la echo de menos, no. Llevaba mucho tiempo sin pensar en ella y hoy me he dado cuenta. Tal vez me añore a mí con aquella capacidad que tuve pero creo que tengo la fortuna de haber aprendido lo necesario para no prescindir de experiencias semejantes a día de hoy. Parece presuntuoso por mi parte pero de eso se trataba, de realzar el ego con ejercicios de auto confirmación. Mis textos más firmes datan de aquella época. Corrían los principios de los noventa.

Definitivamente, fui un afortunado por conocerla, más de lo que soy capaz de expresar. No espero su reciprocidad aunque sí me gusta creer que ella lo sabe. Esta es mi conclusión, creo que se puede dar por concluida aquella relación, si no lo estaba ya.

Teorema de la reprensión

Sin ánimo de acometer las verdades de cuanto nos rodea, erijo al verbo como base del conocimiento para esgrimir los argumentos que bien parece ir demostrando la ciencia con la complejidad que caracteriza el desconocimiento sobre nosotros mismos y las trabas que ciertos sistemas establecidos ponen en su desarrollo manipulando el mismo verbo con el poder adquirido oportunamente tras el lógico proceso de la mente humana.

En realidad, si no fuera por la radicalidad y abuso de estos poderes establecidos, patente de ídolos incluido, creo que me daría absolutamente igual que mis congéneres se fijaran unos seres superiores a los que asir su esperanza en la vida pero el provecho que sacan de esta creencia y la imposición que pretenden -sobre todo no saliendo de la educación con sus sofismas- me enerva hasta límites insospechados. Es por eso que, a riesgo de parecer irrespetuoso a quienes desarrollan una fe pero sin ejercer un abuso con él y por las acometidas que los otros profesan, trataré de explicar otra forma de ver las cosas a quienes estén dispuestos a verlo. Por supuesto, sin ningún afán de traspaso de poder ni enriquecimiento, tan sólo de compartir conocimiento e inquietudes. Y, por ende, de manera breve.

En su origen, el ser humano se desarrolló a partir de partículas vivas que sobrevivieron al Big Bang (sí, ya sé, existen otras teorías pero mientras sólo sean eso yo también podré optar por la que quiera para ejemplarizar el contexto, nada más). Tal como suena. Luego, una sucesión de requisitos y condiciones permitieron que la vida evolucionara. Y no hay cuidado, todo volverá por el mismo curso y esto estallará de nuevo y nuevas partículas proseguirán el mismo procedimiento. Y en eso, nada tiene que ver ningún dios, sea del origen que sea. El ser humano volverá a atemorizarse por los cambios climáticos, o por los movimientos sísmicos, o por el vuelo de las aves, o por cualquier cosa que desconozca en su momento… Si acaso se dan las condiciones de que el ser humano se desarrolle, al menos como lo conocemos a día de hoy. Tal vez, podría denominarse como ser con capacidad de inteligencia. Hay que tener en cuenta la capacidad de adaptación que cada ser vivo y, en base a ello, su forma, así como sopesar la posibilidad de que no sepamos cómo puede ser la inteligencia desarrollada en otro entorno.

Efectivamente, somos una consecuencia de lo que globalmente conocemos por naturaleza. ¡Ese es el verdadero desarrollo! Disculpad si os desanimo pero nada somos, fragmentos enésimamente insignificantes que, en grupo, estamos siendo capaces de acelerar todo proceso de destrucción que nos guíe antes a un final que, sin estar escrito (tal vez sí con estas palabras,… es broma, claro) tiene su camino natural.

Entiendo que sea difícil de asimilar que cuando morimos se acabó todo. Supongo que la mayor parte de las mentes necesitan creer que la conciencia subsiste al cuerpo pero yo no puedo creerlo y, lejos de deprimirme, lo enfoco hacia el crecimiento de mis pensamientos en lo que conocemos positivamente, vanagloriándome de lo que soy capaz a día de hoy, a sabiendas de que lo mío desparecerá conmigo y, a fin de cuentas, nada es. De verdad, no le veo la pena a esto por ningún lado aunque sí cierta incertidumbre para mi progenie. Sin embargo, creo que todo es cuestión de evolucionar más hacia la confianza.

Todo esto es más demostrable que la existencia de cualquier ser superior. Bien está que en la engreída banalidad del ser humano se haya ensalzado a personajes históricos como Jesús, Mahoma o Buda, por poner sólo algún ejemplo, por la supuesta ejemplaridad de sus vidas o hechos, igual que se podría haber tomado la referencia de Sócrates, Madame Curie, Gandhi o Sinuhé, para aferrarse a una esperanza de enseñanza y cumplimiento con el que conseguir los propósitos de perdurabilidad de la conciencia.

De verdad, lo tengo tan claro que disfruto emocionado de cada segundo que vivo con un entusiasmo vital. Es todo cuestión de educación, así es la mente humana. Todo está en lo que seas capaz de utilizar de tu mente y cómo. Si desde crías nos educaran dogmatizándonos para creer en dragones azules con poderes misteriosos, creeríamos en ello de igual manera que se puede creer en lo que te han educado. Efectivamente, tendemos a ser esclavos de una educación diseñada para la producción y el inmovilismo, principalmente.

Sé de la inteligencia de los teólogos, sólo confío en que algún día se les despierte la conciencia que manipulan y posean la buena fe que enseñan, aunque cueste dirigirse al camino de la represión.

Nacional-istmo

No comprendo el nacionalismo. En ninguna de sus extensiones, territoriales o culturales.

La mayor parte de las veces, el sentido común es el menos usado por el más común de los sentidos.

Creo en un único origen y una naturaleza, no en entidades propias y, mucho menos, diferenciadas. Sin embargo, en toda clase de parajes está extendido este clasismo en las antípodas de lo natural, este apego por lo ancestral subjetivo.

Tengo un relativo conocimiento de mis orígenes hasta el big bang y mis propias suposiciones en los ancestros de estos.

Defender el nacionalismo es mandar a tomar por el culo cósmico –agujero negro no me suena mejor- el verdadero origen de las especies, de la vida.

Sólo lo que concebimos, en lo más profundo del sentido descriptivo, como naturaleza ha existido y seguirá siendo, con sus respectivas explosiones e implosiones.

Tic, tac

Escribió Roberto Cantoral aquello de “reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer”. Y es que el tiempo ha resultado ser un invento de los más crueles de toda la historia de la humanidad. 

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

Pero claro, sucede que el género humano siempre necesita contar, medir, valorar, comparar,… para tratar de adueñarse de todo. La amargura de la existencia está en los pronombres relativos de cantidad. ¡Vivimos! Qué más da cuánto si es vivido.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

La vida tiene fecha de caducidad desde el momento en que le pones inicio. No envejecemos, qué verbo más absurdo, parece que no sabemos conjugar el esencial: yo vivo, tú vives, él/ella vive,… Y en presente, en continuo presente. ¡Quememos lo absoluto y lo relativo, los pretéritos, futuros y, sobre todo, los condicionales!. Apliquemos, en todo caso, el imperativo y el gerundio.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

No hay magnitud física. Uno nace, vive y muere, pero siempre en su presente. El destino y el futuro no existen, no lo han hecho ni lo harán. Las huellas del pasado fueron borradas por el viento y el agua; lo que queda son restos, no tiempo.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

La ignorancia siempre se ha caracterizado por su osadía. No sirve contar los granos de arena que caen ni darle cuerda al reloj. Los husos son líneas fronterizas y la teoría del caos no tiene sentido porque el caos ya está instaurado. Y yo, cerca de la mecánica cuántica relativista, os tengo que dejar porque llego tarde a una cita.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

El ritmo de la lluvia

Empieza a caer la noche. Hace tan sólo un rato que llueve con la densidad suficiente, ya no sólo es llovizna. Miro al cielo con los ojos entrecerrados y me dispongo a pasear bajo el agua calándome por completo y buscando una luna ausente, oculta tras el velo de cirros y estrato.

Me dirijo con cierta parsimonia a darme una gratificante ducha. Después, el sofá frente a las ventanas abiertas de par en par acurrucado con un libro, una libreta y un bolígrafo mientras el gato se esconde asustado bajo una mantita que suelo echarme sobre los pies. Una manta en tonos blancos, negros y grises que, para estos menesteres, me hiciera mi madre.

El sonido de las gotas rompiendo contra el suelo y los tejados, chocando contra las farolas, le ponen ritmo a esta noche acogedora e inspirada de la naturaleza. Procuro aprovechar siempre las noches así, consciente de que no llueve cada noche y que mis palabras se pierden al salir el sol.

De vez en cuando, el ritmo de la lluvia se entorpece con el sonido de los charcos atropellados por los coches. Evitaré las onomatopeyas porque creo que el sonido de la lluvia es subjetivo. De hecho, no parece ser lo mismo para el gato que para mí.

Reflexionando sobre un párrafo de la lectura, pierdo la vista en el horizonte escudriñando los millones fragmentos de agua… Y me quedo dormido.

Viajeros al tren

Los viajeros solemos tener los hogares más variopintos ubicados en los lugares más dispersos. En mi caso, encuentro un hogar en los trenes, con sus estrechos y alargados salones sociales, con sus televisores multiplicados, sus radios sin emisora, sus baños para equilibristas, sus caros bares-restaurantes, sus camas,…

Siempre me pareció poética esa manera de recorrer el planeta, contoneándose a través de sus venas de hierro artificiales, implantadas por la humanidad, para desarrollar la comunicación, cuyo origen tienen su origen en las minas europeas del siglo XVI.

Luego están sus estaciones que, aunque no son más que otro redil para viajeros, combina y relaciona a personas que, quizás, no tienen otra cosa que ver entre sí; las que van con las que vienen; las que despiden con las que reciben; y aquellas que siempre parece que nos quedamos o estamos ahí.

Ese atractivo lo hallo, principalmente, para quienes hallamos un punto de partida, nunca de llegada; un punto de encuentro, no de distribución o abandono; un bagaje de gente desconocida que llena sus bolsillos vacíos de amistades eternas y vacía sus zapatos de chinas prejuiciosas con lo diferente.

Por eso, esta balada no cuenta el secreto que guardamos quienes viajamos como equilibrio contra la rutina.

En primera persona del singular

La soledad es la primera persona del singular en un verbo que se abstrae de géneros y personas, un vocablo en boca de compañías perecederas que se siente pero no se sabe explicar por miedo, quizás, a perder el anclaje a ese clavo ardiendo.

Se puede estar rodeado de miles de cuerpos “deambulantes” con vidas propias en el núcleo más poblado de la tierra, derramando espuma de cerveza con el risorio enmohecido de historias, unas veces falsas y otras ciertas, y llegar a jactarse de la vanidad de un silencio. Esa es la soledad que baila descalza en las noches sin gatos ni estrellas y culpa al corazón de no saberse comprendido.

Porque la soledad es un zulo donde se confinan las inquietudes, un pantano donde se ahogan las lágrimas que no se lloran, otra ex pareja de la que apenas ya recuerdas siquiera si era la tercera o la cuarta, aquella maleta llena de agujeros por donde se escaparon los sentimientos y que, por eso, no tiras, y un demonio mental justificando el carácter huraño.

La soledad es ese grito en el desierto que origina un eco: Un eco de remordimiento, como todos. Es esa rencilla con el pasado por su olvido y con el futuro por su ausencia mientras no puedes evitar que las agujas del reloj sigan martilleando el paso del tiempo. Es esa compasión que no le puedes, no le debes transmitir a la nueva pareja de tu última ex… A veces, también es un cerrojo al dolor sin un cuento de hadas que llevarse a la cama.

La soledad, no sé cómo, siempre acaba esgrimiéndome argumentos que no comparto pero que llegan a seducirme con esa arrogante mirada de desprecio con la que me aísla inquisitivamente en el asilo de la angustia. Me aguarda a la vuelta de cada esquina que me dobla para volver a susurrarme al oído estas palabras porque esto, toda esta mentira, debe guardarse en secreto.

Yo soy. 

Yo estoy.

Yo existo…

Primera persona del singular del verbo que conjuga mi soledad.

Mayo en Moguer

Un sonido de petardos y cohetes silencia el murmullo del viento y el trinar de los pájaros. El runrún de los vehículos a gran velocidad por mi calle se mezcla con el trotar lento y airoso de los caballos y el machaqueo de las ruedas de las carretas.

Hoy mi lectura se vuelve imposible, incluso mi escritura se queja de inspiración.

Activo el reproductor del ordenador y ni siquiera Tom Waits, con su desgarradora chica de Jersey, es capaz de equilibrar mi concentración.

Afortunadamente, sé que el sonido se irá alejando hacia la aldea donde peregrinarán de un momento a otro los romeros.

Mientras, el gato con el que convivo corretea nervioso de un lado al otro de la terraza. Mal día de caza, amigo.

No, no estoy hablando en contra de estas procesiones, aunque cerrarán mis altares de humo habituales. No en esta ocasión.

Salgo a la calle con mi habitual paso lento, con las manos en los bolsillos, oculto tras mis gafas de sol, esquivando las miradas desdeñosas hacia mis hábitos y el nauseabundo hedor de las heces equinas. Los pasos de mis botos descompasan el ritmo que marcan los tamboriles. Las salves y sevillanas son el estribillo de las esquinas…. Puede que siempre sea un forastero: Excusas, no soy el único del mismo parecer.

Llevo así, prácticamente, toda la semana. Pero esta noche, al volver a casa, podré retomar en calma mi labor. Escribiré entonces, o leeré, dependiendo de si las musas se visten o no de romeras… y de la hora a la que me cierren los bares.

Es mayo, es la festividad de Montemayor, pienso en Damasco, Crimea, Ciudad Juárez,… Pero yo estoy aquí, en Moguer.

No es muy alta esta madrugada pero alguna musa se ha venido conmigo.

Breve demagogia de la distancia

Vivo en la distancia. Mi equipaje es el camino que recorro. No estoy lejos ni cerca. No deshago ni guardo la maleta. Mi mente siempre está dispuesta a seguir a mi cuerpo y, cuando es necesario, lo arrastra.

El resto son fotografías en blanco y negro, llamadas perdidas sin identificador, visitas agradecidamente fugaces, recuerdos tergiversados,…

La distancia me ha aportado todo lo que tengo y esto es, en definitiva, lo que soy. Con ella he aprendido que bailando el olvido no existe el rencor, que mi casa no es un hogar, que volver es más que un tango, que el viento siempre sopla, que los dogmas son contingencias, que las heridas matan si no cicatrizan, que las inquietudes son cosquillas en el corazón o que pesa menos la incertidumbre que el valor.

Me gusta levantar el vuelo, hasta me parece una frase llena de poesía y sentido aunque también será importante saber aterrizar, supongo.

La distancia ha sido mi educación básica y la moneda con la que he pagado mi inquietud.

Quizá la verdad esté en mi continua huida… de mí.

Distancia tiene nombre de cariño en peligro de extinción, de los besos olvidados, del abrazo de la despedida, de las lágrimas de la sonrisa, de esta letanía demagógica, de quien escribe,…