La soledad es la primera persona del singular en un verbo que se abstrae de géneros y personas, un vocablo en boca de compañías perecederas que se siente pero no se sabe explicar por miedo, quizás, a perder el anclaje a ese clavo ardiendo.
Se puede estar rodeado de miles de cuerpos “deambulantes” con vidas propias en el núcleo más poblado de la tierra, derramando espuma de cerveza con el risorio enmohecido de historias, unas veces falsas y otras ciertas, y llegar a jactarse de la vanidad de un silencio. Esa es la soledad que baila descalza en las noches sin gatos ni estrellas y culpa al corazón de no saberse comprendido.
Porque la soledad es un zulo donde se confinan las inquietudes, un pantano donde se ahogan las lágrimas que no se lloran, otra ex pareja de la que apenas ya recuerdas siquiera si era la tercera o la cuarta, aquella maleta llena de agujeros por donde se escaparon los sentimientos y que, por eso, no tiras, y un demonio mental justificando el carácter huraño.
La soledad es ese grito en el desierto que origina un eco: Un eco de remordimiento, como todos. Es esa rencilla con el pasado por su olvido y con el futuro por su ausencia mientras no puedes evitar que las agujas del reloj sigan martilleando el paso del tiempo. Es esa compasión que no le puedes, no le debes transmitir a la nueva pareja de tu última ex… A veces, también es un cerrojo al dolor sin un cuento de hadas que llevarse a la cama.
La soledad, no sé cómo, siempre acaba esgrimiéndome argumentos que no comparto pero que llegan a seducirme con esa arrogante mirada de desprecio con la que me aísla inquisitivamente en el asilo de la angustia. Me aguarda a la vuelta de cada esquina que me dobla para volver a susurrarme al oído estas palabras porque esto, toda esta mentira, debe guardarse en secreto.
Yo soy.
Yo estoy.
Yo existo…
Primera persona del singular del verbo que conjuga mi soledad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario