martes, 21 de febrero de 2017

El ritmo de la lluvia

Empieza a caer la noche. Hace tan sólo un rato que llueve con la densidad suficiente, ya no sólo es llovizna. Miro al cielo con los ojos entrecerrados y me dispongo a pasear bajo el agua calándome por completo y buscando una luna ausente, oculta tras el velo de cirros y estrato.

Me dirijo con cierta parsimonia a darme una gratificante ducha. Después, el sofá frente a las ventanas abiertas de par en par acurrucado con un libro, una libreta y un bolígrafo mientras el gato se esconde asustado bajo una mantita que suelo echarme sobre los pies. Una manta en tonos blancos, negros y grises que, para estos menesteres, me hiciera mi madre.

El sonido de las gotas rompiendo contra el suelo y los tejados, chocando contra las farolas, le ponen ritmo a esta noche acogedora e inspirada de la naturaleza. Procuro aprovechar siempre las noches así, consciente de que no llueve cada noche y que mis palabras se pierden al salir el sol.

De vez en cuando, el ritmo de la lluvia se entorpece con el sonido de los charcos atropellados por los coches. Evitaré las onomatopeyas porque creo que el sonido de la lluvia es subjetivo. De hecho, no parece ser lo mismo para el gato que para mí.

Reflexionando sobre un párrafo de la lectura, pierdo la vista en el horizonte escudriñando los millones fragmentos de agua… Y me quedo dormido.

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