A mi madre la raptaron, azotaron y violaron hasta darla por muerta en el desarrollo de una guerra que nadie alcanza a justificar. Por mis rasgos, eran extranjeros aunque carezca de sentido porque del exterior sólo vino ayuda. Ella sólo dejó desprender una lágrima de sus ojos porque, sin duda, era algo que ya había visto antes.
Mi madre murió años más tarde por una bala que se cruzó en su camino mientras regresaba a nuestro refugio con algo de provisiones que había conseguido. Tendida en el suelo, nunca cerró los ojos con la mirada fija hacia la penumbra del hueco tras el que sabía que yo la observaba, muda de miedo, mientras dejaba escapar su última lágrima que guardaba para mí.
Mi pánico y las manos adultas de otras personas del refugio amordazando mi dolor sólo me permitieron derramar una lágrima por ella.
Con los adultos del refugio, emprendí una huida sin dirección ni cuestionamientos hasta llegar a un mar que veía por primera vez, donde subimos a una pequeña barca después de una fuerte discusión con el barquero. A pocas millas de tierra, la barca se hundió pero no había nadie que me tuviera como preferencia, a pesar de no saber nadar, para tratar de salvarme que no se estuviera hundiendo también. Allí fue el agua lo que se ocupó de callar mi grito.
Mientras me ahogaba, recordé que me quedaba una lágrima y me agarré a ella durante mi naufragio.
Si buscas un final feliz sólo tienes que encontrar el brillo que se escapó de mi lágrima, confundida con el reflejo del sol en el lecho del mar.
Ahora vas y me haces un poema.