martes, 21 de febrero de 2017

Arrabal de la mente

Tomé la determinación de tratar de comprender todo cuanto me rodeaba al sentirme tan desahuciado del sentimiento común de mis congéneres. Había llegado un momento en que no sentía ninguna afinidad con la sociedad en la que me escondía, de la que me escondía.

Paso a paso, traté de desobjetivizar mi conducta y razonamientos para tratar de curar esta misantropía repentina.

Subí a la cima del Everest y me sumergí hasta el abismo Challenguer, en la fosa de las Marianas. Estrené mi chupa de cuero sobre un jersey de lana que me regalaron en San Luis Río Colorado el 6 de julio de 1966 e hice autostop en top less en la base Vostok de la Antártida el 21 de julio de 1983. Aprecié la sinuosa sonrisa de los ríos y el enojo de la luna eclipsada. Compuse las notas quebradas para la melodía del viento y el ritmo perdido de las gotas originarias de la lluvia.

La única conclusión que saqué fue que había que desandar, retroceder, pues se me antojó lo más progresista –yo que me lo creo- puesto a encararme con los espejos de la vida y, mientras mis congéneres se descuidaban con el ruido de unas monedas que caían al suelo, me introduje en la infinidad de una gota de agua que estaba de paso.

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