No sé si quiero escribirle unas palabras pasado tanto tiempo. Años han transcurrido desde la última vez que supe algo de ella, supongo que igual ella sobre mí.
Confesar lo que significó me resulta ridículo después de cómo me vi obligado a distanciarme de ella, pero no puedo negar esa parte de mi historia. Además, no he de olvidar jamás todo lo que aprendí a su lado, me mejoró como persona, me enseñó a concienciar mi conciencia, valga la redundancia. Obviamente, no osaré valorar lo que pudo aprender de mí o no.
Yo no aprendí más, fundamentalmente, por tres razones: Siempre he sido demasiado terco, aunque ese es uno de los caracteres que más me apaciguó; nunca tuvimos el viento a favor; y no supimos manejar “nuestra” situación.
No, no la echo de menos, aunque el abordaje de estas palabras puedan parecerlo. Quizá porque me he dado cuenta de ello es por lo que he querido escribirlo, para ver qué resulta y seguir aprendiéndome.
Recuerdo que aprendí también a valorar más lo que ves que lo que sueñas. Sé que muchos confirmarán que es importante soñar, y no se equivocan, pero para poder soñar has de saber desde donde lo haces. Saber que el horizonte siempre se divisa desde algún lugar. No sé si me explico muy bien pero yo lo entendí a la perfección.
Fueron experiencias en sí, escapadas en la mayoría de los casos. En ningún momento nos sentamos el uno frente al otro para darnos lecciones. Nos comportamos como dos adolescentes que ya no éramos tratando de absorberlo todo, ella de mí y yo de ella. Bueno, salvo en los idiomas. Ella era buena en eso, me encantaba cómo susurraba en francés, especialmente, o me repetía palabras sin desesperarse en fabla aragonesa pero salvo eso todo se basaba en escaparnos de las circunstancias ajenas y reír, reír juntos y mucho.
Podría describirla físicamente y describirla con los ojos de entonces aún. Reconozco que, en eso, me volvía loco. Pero no lo haré, no lo necesito, como tampoco nombrarla.
No la echo de menos, no. Llevaba mucho tiempo sin pensar en ella y hoy me he dado cuenta. Tal vez me añore a mí con aquella capacidad que tuve pero creo que tengo la fortuna de haber aprendido lo necesario para no prescindir de experiencias semejantes a día de hoy. Parece presuntuoso por mi parte pero de eso se trataba, de realzar el ego con ejercicios de auto confirmación. Mis textos más firmes datan de aquella época. Corrían los principios de los noventa.
Definitivamente, fui un afortunado por conocerla, más de lo que soy capaz de expresar. No espero su reciprocidad aunque sí me gusta creer que ella lo sabe. Esta es mi conclusión, creo que se puede dar por concluida aquella relación, si no lo estaba ya.
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