Un sonido de petardos y cohetes silencia el murmullo del viento y el trinar de los pájaros. El runrún de los vehículos a gran velocidad por mi calle se mezcla con el trotar lento y airoso de los caballos y el machaqueo de las ruedas de las carretas.
Hoy mi lectura se vuelve imposible, incluso mi escritura se queja de inspiración.
Activo el reproductor del ordenador y ni siquiera Tom Waits, con su desgarradora chica de Jersey, es capaz de equilibrar mi concentración.
Afortunadamente, sé que el sonido se irá alejando hacia la aldea donde peregrinarán de un momento a otro los romeros.
Mientras, el gato con el que convivo corretea nervioso de un lado al otro de la terraza. Mal día de caza, amigo.
No, no estoy hablando en contra de estas procesiones, aunque cerrarán mis altares de humo habituales. No en esta ocasión.
Salgo a la calle con mi habitual paso lento, con las manos en los bolsillos, oculto tras mis gafas de sol, esquivando las miradas desdeñosas hacia mis hábitos y el nauseabundo hedor de las heces equinas. Los pasos de mis botos descompasan el ritmo que marcan los tamboriles. Las salves y sevillanas son el estribillo de las esquinas…. Puede que siempre sea un forastero: Excusas, no soy el único del mismo parecer.
Llevo así, prácticamente, toda la semana. Pero esta noche, al volver a casa, podré retomar en calma mi labor. Escribiré entonces, o leeré, dependiendo de si las musas se visten o no de romeras… y de la hora a la que me cierren los bares.
Es mayo, es la festividad de Montemayor, pienso en Damasco, Crimea, Ciudad Juárez,… Pero yo estoy aquí, en Moguer.
No es muy alta esta madrugada pero alguna musa se ha venido conmigo.
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