martes, 21 de febrero de 2017

Tic, tac

Escribió Roberto Cantoral aquello de “reloj, no marques las horas porque voy a enloquecer”. Y es que el tiempo ha resultado ser un invento de los más crueles de toda la historia de la humanidad. 

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

Pero claro, sucede que el género humano siempre necesita contar, medir, valorar, comparar,… para tratar de adueñarse de todo. La amargura de la existencia está en los pronombres relativos de cantidad. ¡Vivimos! Qué más da cuánto si es vivido.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

La vida tiene fecha de caducidad desde el momento en que le pones inicio. No envejecemos, qué verbo más absurdo, parece que no sabemos conjugar el esencial: yo vivo, tú vives, él/ella vive,… Y en presente, en continuo presente. ¡Quememos lo absoluto y lo relativo, los pretéritos, futuros y, sobre todo, los condicionales!. Apliquemos, en todo caso, el imperativo y el gerundio.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

No hay magnitud física. Uno nace, vive y muere, pero siempre en su presente. El destino y el futuro no existen, no lo han hecho ni lo harán. Las huellas del pasado fueron borradas por el viento y el agua; lo que queda son restos, no tiempo.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

La ignorancia siempre se ha caracterizado por su osadía. No sirve contar los granos de arena que caen ni darle cuerda al reloj. Los husos son líneas fronterizas y la teoría del caos no tiene sentido porque el caos ya está instaurado. Y yo, cerca de la mecánica cuántica relativista, os tengo que dejar porque llego tarde a una cita.

¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

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